Fondo revolvente


Una dulce pesadilla, cuerpo que le grita al cielo tu nombre, tengo mil razones para extrañar y el viento no responde. Mendigo rendida gotas de humanidad creyendo que aún eres mío... Si tu volverás, porqué esta añoranza arde, grave es el malestar y tibio el sigilo. 

De pronto siento que clavo la vista en esa marca casi invisible dónde terminan tus ojos, es mirarme en un espejo mientras se oye el grito desgarrado de una agonía simbiótica, hace ruido el dolor que te lleva al deleite, el de las palpitaciones. 

Este es el paraíso que nos dijimos abrazados, veo árboles afuera con la inusual claridad del día, la pulcritud es un poema. Tus palabras como fragancia las guardo en frasquitos de alhajero, colección interminable de respiros internados en un gesto. 

Esto no es un infección, es la humedad que se instala como un torbellino, clavo mis uñas en el jardín de lo irreversible. Sosiego que acapara todos los espacios para asombrosamente dejarnos nada. Bocas que sacan más de una lengua, más de un fonema, más de una devoción. Así son los internamientos soñados, a eso me refería cuando inserte la figura de un animal en este sueño, para no mortificarnos.

Fingir que deseas más, hablar y pedir desear sus huellas, desear su instante, desear su inercia, deseo de su impertérrita somnolencia. Convivo con las razón y los instantes que se diluyen, se va esparciendo la fiebre hasta que cae la noche y algo notable se erige, arcos que calcinan, fulgores. Y aunque no nos den la razón hemos salvado los rasguños. 

Maldita sea la noche, la que aterrorizó el dolor, pero hemos elegido nuestra propia trampa perpetúa. Maldita sea lo que la noche deshace, inquieta y presupone. Maldita sea lo que la noche susurra, destripa y desintegra, lo que asombra y su sortilegio que promete, absorbe y estremece. 

Ahí irresolutos pero concedidos, aturdidos pero aplacados por es brillo en el acto cósmico que desdibuja la tierra y se anticipa, para que mitad sombra y mitad luz nos deje apostados irresueltamente en tu gemido, tu inoportuno gemido, tu irresponsable gemido, tu irreprochable gemido...

Cuántas mañanas más serán destinadas por los miles de ojos que se desplazan a coordinar el éxtasis, el cielo y en la noche las rodillas mordidas. Así es la certeza de no oír, de continuar en la peregrinación incierta pero con la presunción de encontrar la culpa de aquello que vino y nos halló. 

Temor, temo el no estar. Temo porque me temo, porque no estoy segura de los altos firmamentos, de mis pasos, pero temo estar sin ti porque ya habló la carne, porque ya es primavera y apenas me he purificado. No tengo alas, ni tenues milagros, que lo di todo, que lo quise todo, que lo ame todo. Eres mi rastro, mi conflicto, mi verso y mi brevedad. Por que temo a tu temor, a tu vértigo, a las deshoras, al horizonte compungido, a las sorpresas del herir. 

No te desgastes de ser, no te agobies, amurállate en melodías, no dejes que te persigan los ejércitos desquiciados porque nadie lo entiende: somos una antena raspando la taciturna inercia, nadie lo entiende porque es clamor, por más densas que sean las arenas tu sonrisa permanece, esa que es profunda que desubica la razón. 

Y aunque terminemos apedreados, insultados en infiernos tumefactos lo harán aún mas conmovedor. Valdrán la pena las intensas aguas atravesadas, las estrellas que congelan la hazaña. Somos una ola abierta al sonido de la penumbra, somos luz que sale de las manos y después del alma. 

Vení conmigo a este otro bautizo, ese sin parientes, sin despertar, sin cortes. Así sientes ese fuego del que hablo, mientras esos otros asumen la derrota anunciada en el aviso numérico de las cosas, dejá que se vuelvan obsoletos. Hablo de esa posibilidad que a través de la poesía puede poblar la conciencia sin miedos, usando nuestros propios signos, convergentes en un espacio de caricias aturdidas en la inexactitud. 

Ya no son cuerpos desconocidos, ni usados pero libres con bordes inubicables, en descontrol sumergidos. La calma sin cerrojos, que dejan atravesar la angustia, la nostalgia y la lluvia. Sin pavor a ser sorprendidos por el instante y el delirio. No temas a ese momento en el que intente abrazarte y colmarte

de intuiciones

de presagios 

de ilusiones

de verdad

de la verdadera luz.


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