Está parada frente al teléfono esos de cable largo en la columna de una pared cercana a la puerta principal, espera que suene y nada. Son las 13, las 14, las 15, 16, son las 17 cuando siente unas manos sobre sus hombros; ya está no va a pasar.
Tuvo suerte, nunca más volvió a pasar, aprendió pero porque era lo suficientemente adulta con solo 13 años para saber que el tiempo vuela y cuesta. Siempre fue como un día más: no existían los pasteles, las fiestas, la cara inamovible cuando cantasen el feliz cumpleaños, los regalos jamás llegaron envueltos. Aprendió que las sorpresas son solo aquellas que dejan cicatrices más no las de papel brillante y moño. Sin embargo y sin lógica alguna finge el suplicio de la espera por más que casi es su segundo nombre.
Los veranos se hacían eternos, eran contados los abrazos; las tardes en silencio sonaban a miedo al paso de las horas, mientras tanto, la vi crear mundos imaginarios, historias incontables, lágrimas, novelas de dudosa trama, libros que eran pocos, pero el piso frio lo compensaba. Los pocos muebles le permitían rodar por el suelo sentir las mejillas frías y mirar el techo blanco, las ventanas sin cortinas y los dos cuadros con paisajes totalmente verdes en papel fotográfico Fujifilm.
Pasó meses angustiantes de espera en casa ajena, pasando desapercibida que llegasen los domingos para el tiempo de calidad junto con mamá, nunca un mami, siempre un madre. Los kilómetros de destierro nunca se acortaban por el contrario la realidad se hacía más que una cifra, eran emociones que no tenían signos de expresión, era afecto muerto.
El exilio tiene esas cosas, casi vivir en la sombra no solo de aquellos que llamaba seres queridos sino de quienes apenas recuerdan haberla visto, se vuelve penumbra de lo que ya no se puede advertir. Creería que son signos de supervivencia hasta que la vuelvo a ver esperando de vestido blanco y bordados rosa, de zapatos blancos y un sombrero de tela cerca de un puente a media tarde. Esa lección fue muy importante: la sangre pierde valor cuando pueden ocultarte lo suficiente, experimentas la mutación a fantasma errante del no se oye voz o se ve rostro alguno.
Todo es cíclico hija mía, no se puede ostentar de todo al mismo tiempo, tengo fe ciega en que no tendrán que volver a esconderte, abrirte por la puerta de servicio esa de atrás, negar tu existencia, inventar que vivís en la luna, llamarte por tu nombre, crearse una vida paralela, negar que sos hija, sobrina, nieta, prima... Y quién sabe cuánto más hasta que te gradúes en cualidad de SER.




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